Pensar en la ciudad como el laberinto; vivirlo como tal.

Un día entramos en él. Búscamos la salida por un par de horas. Nos cansamos. Decidimos vivirlo. El laberinto se vive de dos formas: de la noción de él como un espacio transitorio, temporal y canal o como un recinto. Una persona que lo observe de afuera puede percibirlo como un hogar (caso en cuestión: Minos). Desde adentro, la mayoría lo ve como el camino hacia un fin.

De ahí la idea de pensarlo diferente. Y si vemos a Tijuana como tal, podemos comprenderlo, con todo y su sentido claustrofóbico. Es entonces vivir en la metrópolis un camino sin fin, sin salida.

Nota: no hay pesimismo en esta visión.

Hay bastante potencial en vislumbrar a un lugar de esta forma. Dicha perspectiva trae consigo la idea de la espontaneidad y desarrollo consciente. Porque ver al mundo como un camino es razón para nublar la experiencia del mismo. No me preocupo por vivirlo, pronto estaré fuera de él.

Ahora bien, lo mismo podemos decir de la vida y la muerte y abordar otro tema: el nihilismo.