Geoff Manaugh anuncia que ha sido elegido parte del jurado que evaluará los proyectos de este divertido concurso: diseñar una nueva casa para el presidente de Estados Unidos. Afortunadamente, el proyecto es lo suficientemente libre para dar oportunidad a todo tipo de artistas y diseñadores de participar, sin limitarlo por carencia de conocimiento arquitectónico–aunque obviamente, éste será una ventaja para los arquitectos.

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Lo interesante de esta oportunidad es replantear el estado del país. Algo que siempre me ha llamado la atención como irónico y un poco rídiculo es la tendencia hacia lo grecoromano que tienen todos los edificios del gobierno de Estados Unidos. Contrastan un poco con el ornamento que acostumbra la tradición británica, de donde provienen sus raíces. Es claro pues, que los principios que querían establecer van de acorde al derecho romano y la democracia. Pero hablar de esa realidad como un estado contemporáneo es algo iluso. Más bien, Estados Unidos se define por una ambición imperialista, un hiper-capitalismo, inmigración (legal e ilegal), guerras y una aparente obsesión por parecer tolerante ante lo “politically correct”, además de un conflicto tremendo en cuanto a lo qué define al país, con una fragmentación enorme de su cultura y una diferencia estratosférica en los salarios del empleado y el jefe.

En breve, la Casa Blanca no define al país. Por lo que me interesa bastante ver cómo es que los participantes encapsulan estas ideas o las que tengan dentro de la forma y función de sede internacional de una obra de tal magnitud. Aunque cabe destacar la naturaleza especulativa del proyecto; no soy tan optimista como para esperar que el gobierno y mucho menos el pueblo estadounidense se preste accesible a un cambio de tal magnitud social y cultural (sin mencionar histórica y política).

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