En Venecia, Beckman N Thepe construye un nuevo zoológico simulado.

No es tanto una sorpresa para los que hemos tenido la fortuna de ir al San Diego Zoo, donde a veces se siente que se está en un mundo diferente. Ciertamente, los espacios yuxtapuestos generan un sentido de inmersión bastante interesante; se sabe en un mundo extraño, pero surreal por su diversidad. Y Geoff Manaugh sugiere algo bastante bueno: ¿porqué no hacemos lo mismo con las escuelas?

Bien, pasear por los pasillos de la facultad de medicina de la UABC de Tijuana es algo diferente. La pulcritud invita a comportarse como en un hospital. Hasta se camina más despacio, por eso de no molestar a los enfermos. Pero en las otras facultades, hay un sentimiento académico muy general y muchas veces sugiere ser la Prepa 1.5. Lo mismo sucede con el ITT. Recuerdo que estoy en una escuela de arquitectura, no por la institución misma, sino por la eternamente obra negra que se levanta al frente: el famoso puente de Michael Ende, el de nunca acabar.

Pero se me ocurre algo divertido. Si los osos polares pertenecen a la Trunda, ¿a dónde pertenecen los arquitectos? ¿A Dubai? Y qué de los abogados, ¿deberíamos simular Nueva York en las escuelas de leyes? ¿Deberían, los estudiantes de arqueología, tomar clases en espacios que simulen ruinas? Y entonces, ¿los arquitectos deberían conformarse con tomar clases dentro de un espacio arquitectónico? ¿Y qué hay de los biólogos marinos? ¿Y los de ingeniería aeronáutica? Y bien, ¿el ejército debería entrenarse en campos de guerra simulados?

O podríamos simular espacios totalmente irrelevantes, con tal de promover la yuxtaposición absurda. El doctor en la selva y el escritor en el desierto. Sabemos que el contexto es fundamental en el desarrollo de las personas, ¿qué resultados obtendríamos de ubicar a las facultades en espacios aleatorios?

La vida más absurda. También más divertida.