La vida. Ese es el tema de la última de Richard Linklater, la película Boyhood.

En esta entrada, como en muchas otras sobre el arte, no discuto la obra sino el reflejo que se dibuja cuando la vemos. El arte muchas veces es ese cristal diáfano que juega el papel de ventana y de espejo. Los espejos son necesarios para el artista y para la audiencia porque las palabras por sí solas no logran articular esa elocuencia límbica del ser humano. Necesitamos de silencios y de cacofonías y de una precipitada lluvia sobre un techo de metal para finalmente poder ver la lluvia.

SPOILERS

Boyhood es un filme lineal, brutalmente realista y cotidiano. En él no sucede nada de lo que estamos acostumbrados a ver en el cine popular. No hay un conflicto concentrado en algún momento del tiempo. El conflicto está diluido en la vida misma de los personajes. Ésta es la realización de la película: la vida no puede ser segmentada en eventos o secuencias. La vida se construye a cada instante, no hay más que el momento mismo. La expectativa y la ilusión de una vida estructurada, de un tiempo lineal, siempre termina en decepción.

No hay pesimismo en Boyhood. Tampoco hay optimismo. Hay.

Las cosas surgen y desaparecen.

En Boyhood las edades no se definen concretamente y los periodo de tiempo son fluidos y flexibles. Es decir, la pelicula fluye continuamente. No hay una discretización temporal ni espacial. Posiblemente sea la obra cinematográfica más fiel a la experiencia de vida. La pelicula no empieza ni termina. En una escena Mason es niño, en otra escena Mason es adulto. Y aunque las horas del reloj hayan transcurrido, el adulto tiene las mismas inquietudes del niño. ¿Quién podría asegurar que el niño precede al adulto? En esta historia científica que contamos, así lo es. Pero la experiencia de vida trasciende la linealidad de nuestras historias.

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