Política


En esta ocasión aprovecho para hablar de la importancia de la candidatura del senador Bernie Sanders a la presidencia en EUA y el porqué no hay equivalencia entre Sanders y Clinton.

En EUA los miembros de cada partido político eligen a sus candidatos a través de un sistema representativo. Es decir, eligen delegados que votan en representación de los ciudadanos. Ya que cualquiera puede ser miembro de un partido y correr para ser funcionario público, podría darse el caso de elegir un candidato que no vaya acorde a los principios del partido. Para ello, el partido Demócrata estableció un sistema de protección al designar superdelegados, es decir, funcionarios, políticos y otros insiders del partido que tienen mayor representacion y deciden en base a su conciencia (o donaciones). Muchas veces, los superdelegados expresan su apoyo por un candidato incluso antes de las elecciones. Ese fue el caso en 2008 y 2016 con Hillary Clinton, quien recibió apoyo mayoritario de los superdelegados. El voto de los superdelegados no cuenta hasta el ultimo día de campaña. Sin embargo, tiene un efecto psicológico al promover a un presunto nominado. En noviembre del 2015, Clinton tenía ya el apoyo de 259 delegados mientras que Sanders contaba con 8. Sin duda, al agregar 251 delegados de ventaja a los reportes de resultados, se fue dibujando una narrativa de inevitabilidad sobre Clinton.

La pregunta es ¿por qué cuenta Clinton con tanto apoyo del partido Demócrata?

Y la respuesta está en su contrincante. Bernie Sanders es el tipo de candidatos por el cual existen superdelegados. Es un candidato que no representa los intereses del actual partido Clintoniano (de Bill) demócrata que promueve el neoliberalismo y perpetúa la plutocracia. En un estudio de la Universidad de Princeton, Martin Gilens encontró que el sistema de EUA díficilmente puede ser caracterizado de democrático. En cambio, el gobierno parece sólo responder a los intereses de una pequeña élite con dinero. Y en realidad no hay diferencia entre los partidos cuando se trata de responder a intereses especiales. Sanders representa un cambio de paradigma. Es un candidato que ha construído una campaña sin donaciones corporativas. Se opone a la decisión de la Suprema Corte de Justicia que decidió caracterizar a las corporaciones como personas con libertad de expresión en forma de dinero. Sanders es verdaderamente una amenaza para aquellos que han estratégicamente construído un futuro político basado en el status quo. 

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El estudio de Princeton afirma algo que ya todos los ciudadanos saben instintivamente. La aprobación del congreso es de alrededor de 11%. Es contundentemente claro que los ciudadanos no aprueban de los dos principales partidos, Demócrata y Republicano.

¿Por qué no votar por otra opción?

El hecho de que alrededor de 50% de la población de EUA rehusa a asociarse a un partido nos dice que los ciudadanos están listos para nuevas opciones. Sin embargo, un tercer partido no es viable en el sistema estadounidense. Los dos partidos principales gestionan toda la organización política del país. Estos dos deciden quién participa en debates en cadenas nacionales, y al tener estos completo control del gobierno, se oponen a cualquier propuesta que amenace su hegemonía. Por esta razón Sanders, un político independiente, tuvo que lanzarse en la plataforma de uno de los partidos.

Pero el partido Demócrata solía estar alineado con las posturas de Sanders. Sus programas para reactivar la economía son una versión moderna del New Deal de Frank D. Roosevelt. Sus programas sociales son una continuación del Great Society de Lyndon B. Johnson. Acceso a la educación y salud universal son ideas por las que el partido Demócrata ha abogado por muchos años. El argumento de Clinton es que no es una opción viable. Esto lo expresa después de haber recibido millones en donaciones de la industria de aseguradoras médicas. Una vez más vemos que la democracia es coartada por un sistema que permite la influencia del dinero en la política.

El problema de la influencia del dinero en la política es uno de los más grandes que tiene EUA. Esto es lo que le da poder desmedido a las corporaciones y al 0.1% de la población que ha ido acumulando riqueza por décadas e incluso siglos. El poder político que adquiere la élite capitalista va en contra de la idea del mercado libre. La realidad es que no hay libertad de mercado cuando unos pocos tienen tanto poder de negociación y palancas políticas, sólo por el hecho de poseer mayor riqueza. Un claro ejemplo es la gradual desreglamentación del mercado bancario a partir del gobierno de Ronald Reagan. Este respondió a las necesidades de aquellos con mayor influencia política: los bancos. Reagan terminó desregulando el mercado; esta práctica se volvió tan popular que el partido Demócrata terminó adoptándola en la estrategia de transformación del partido con Bill Clinton. Este último terminó por rechazar Glass-Steagall, una pieza legislativa que evitaba que los bancos metieran capital en inversiones de alto riesgo. El resultado fue la crisis financiera del 2008. Enseguida, Barack Obama recibió millones en donaciones para su campaña presidencial de la industria bancaria y Wall Street. Hasta la fecha sólo un banquero ha sido enjuiciado por el fraude que resultó en la crisis. No es sorpresa que Wall Street se oponga a la idea de un presidente Sanders.

Muchos justifican la inequidad económica invocando la idea de la meritocracia. Es decir, hay una idea penetrante de qué todos tenemos el nivel económico que merecemos, de acuerdo a nuestro trabajo. Esto ignora el hecho de que no todos tenemos el mismo acceso a la educación y oportunidades. También ignora, por ejemplo, que el salario de un CEO se basa en el dinero que produce para sus inversionistas, y no en el valor que provee su producto. Esto puede parecer una contradicción, pues si un producto es de alto valor, este resulta en ganancias. El problema es que la calidad del producto no es la única forma de producir dinero para los inversionistas. También se pueden inflar artificialmente las acciones de una empresa, o reducir prestaciones y salarios a los empleados, entre otras prácticas que no aportan nada a la sociedad. ¿En base a qué valor definimos los salarios?

El mercado de inversiones de Wall Street solía promover el valor y calidad de los productos. En concepto, es una muy buena idea. Pero en la práctica, Wall Street, en gran parte, consiste de algóritmos dedicados a formular millones de microtransacciones, que en conjunto generan millones de ganancias para los inversionistas sin agregar valor o promover desarrollo. Bernie Sanders propone un pequeño impuesto a estas transacciones especulativas, con lo cual se recaudaría para pagar por las universidades públicas.

La otra propuesta costosa de Bernie Sanders es el sistema de single-payer healthcare que consiste en que el gobierno actúe como aseguranza médica única. No se trata de socializar la medicina, sino de cubrir todos los gastos médicos con fondos del gobierno. El fondo vendría de un nuevo impuesto. La alza de impuestos hay que ponerla en contexto del sistema actual. En la actualidad, el costo del seguro recae sobre el individuo o la empresa para cuál trabaja. El sistema está plagado de ineficiencias y resulta ser el más costoso del mundo, sin ventaja apreciable en calidad de servicio. Esto se debe a que las aseguranzas están llenas de abogados tratando de maximizar las ganancias para sus empresas. Al final del día, la mayoría de los ciudadanos pagarían menos con un impuesto nuevo, de lo que pagan actualmente. Bernie Sanders considera que el acceso a la salud y la educación deben ser derechos universales.

Estas son algunas de las razones por las cuales una candidatura de Bernie Sanders no puede ser sustituída por una de Hillary Clinton. Pertenecen al mismo sistema sólo en nombre. Sanders propone una revolución política, en la cual pretende movilizar a los ciudadanos para exigir sus derechos ante el gobierno. Clinton propone una continuación del sistema.

Bernie Sanders se autodenomina democratic socialist, siguiendo la herencia de Eugene V. Debs y Martin Luther King Jr. Su mensaje es simple: justicia. No hay más que eso.  En una sociedad justa todos tendrían las mismas posibilidades de atención médica y educación. En una sociedad justa todos pagarían impuestos progresivos de acuerdo a su riqueza. En una sociedad justa se atacaría el racismo y discriminación estructural. En una sociedad justa las voces serían escuchadas a los mismos decíbeles.

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De nuevo es año electoral local en Baja California y otros estados. Este 2016 trae consigo nuevas oportunidades al experimento de nuestra joven sobre-ofertada y sub-demandada democracia bajacaliforniana (Johnny, 2016. Conversación por celular a la 1:27 pm de este sábado). Pero, ¿estaremos preparadas y preparados para hacer válidos nuestros anhelos y nuestros reclamos, por medio del voto?

En 2013 escribí sobre el fenómeno que se vivía aquél año y también sobre la naturaleza histórica y matemática de las elecciones en sí.  A la fecha sostengo muchas de mis afirmaciones de ese entonces, pero hoy quiero compartir una reflexión un poco más madura, trillada y optimista, estructurada en una serie de puntos que emanan de una rápida e informativa conversación con un buen amigo, al cual llamaré Johnny.

Y para que no se preocupen, tengo por ahí unas fuentes adicionales para reforzar y sustentar (cough cough sesgo de confirmación cough) mis afirmaciones.

Tengo la idea, la ligera impresión, con tantos candidatos, de que Baja California tiene una oportunidad como nunca antes de tener elecciones democráticas

– Yo, preguntando tímidamente algo en lo que no soy experto.

Piénsenlo. Hay más de 10 candidatos a alcaldes y diputados tanto en Tijuana como en Playas de Rosarito. Aún hay más partidos, sólo que han hecho coalición con uno de los principales.

El bipartidismo no es un problema en 2016, tampoco las pocas opciones. Los candidatos que han llegado hasta donde están lo han logrado con el respaldo gubernamental, partidista y ciudadano y las candidaturas independientes se han disparado. El INE y el IEEBC han organizado una serie de debates que nunca hubiéramos imaginado posible, con tantos contrincantes que termina por reducirse el tiempo por candidato, convirtiendo el encuentro en una sesión de cordiales (pero poco informativas) auto-presentaciones.

Pero bien, hay que tener cuidado: CGPGrey nos advirtió de esto en el video con animales que puse en aquél post de 2013. Vamos a ver qué pasa con aquellos que no sobrevivan el registro y desaparezcan, ya que esto se calcula a partir de los votos válidos. Todos los miembros del reino animal, de acuerdo a CGPGrey, tendrán que comprometerse y hacer coaliciones con los animales fuertes.

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Por otra parte, está el riesgo del “efecto spoiler”, que limita la posibilidad de ganar de los partidos opositores, y el principio de “gobierno de minoría”, ya que se distribuye tanto el voto que aquél candidato que gane sólo lo habrá hecho con el respaldo de un 15% o 20% de los votantes, claramente una minoría. ¿Qué pronósticos hacer de esto? Si las matemáticas operan por su cuenta como lo han hecho en el pasado, eventualmente el sistema recaería de nuevo en uno bipartidista.

Ah, no sólo eso. También leí en una noticia en mi muro de Facebook que el Tribunal Electoral permite que la planilla de los candidatos independientes pueda llegar a tener regidores en el cabildo, de acuerdo a los votos obtenidos. Entonces aunque no ganen, tendrán representación en la administración”

– Yo, optimista y contento con la fórmula para vencer los dos males identificados por CGPGrey.

Ya otro amigo, que es un mapache (no confundir con mapache electoral), había oído con entusiasmo esta aseveración de mi parte, desanimado de que no sea así en Estados Unidos (mi amigo mapache apoya activamente a Bernie Sanders).

Las implicaciones técnicas de esto son asombrosas. Los regidores, en calidad de “city councilers” podrán meter en la agenda de los ayuntamientos todos los temas abanderados por las candidaturas independientes. En el cabildo, un voto de un regidor vale lo mismo que un voto del alcalde, y todos sabemos [sic] qué son los regidores y sabemos que en número son mayoría en el cabildo. ¿Cómo funcionaría esto en la práctica? Johnny dijo algunas cosas interesantes al respecto, más o menos a la 1:31 pm en nuestra conversación por celular.

Yo creo que México en lo general es muy democrático, pero muy corrupto. La democracia en ocasiones ha terminado por legalizar la corrupción.

Johnny, pensativo y en tono de maestro que pacientemente le explica a un estudiante cómo es la vida real.

Johnny nos explica que la democracia sirve principalmente para dos cosas: una, para elegir a la autoridad y renovarla cada cierto tiempo; dos, para hacerlo sin que nos demos fregadazos. Viendo la legislación, los procedimientos y otras cosas, parece que, en efecto, México es muy democrático. Pero en la práctica, la comunidad tiene un desencanto con la autoridad y la democracia debido a que percibe mucha corrupción.

Desde luego, esto parece ser cierto. La corrupción en el país parece ser grave y no sólo en las instituciones. Permea en la comunidad con acciones tan simples como mentir, encubrir delitos, desconocer las leyes y reglas y permitir que éstas sigan siendo desconocidas. Día a día, los ciudadanos estamos rodeados de circunstancias que nos facilitan actuar de manera corrupta. Ya sea el sistema monetario, la ignorancia, la flojera o la falta de empatía hacia otros, la tentación es grande y aún mucho más para los ciudadanos que acceden al poder.

Lo que se refiere Johnny con la legalización de la corrupción de la democracia, intentaré explicarlo ejemplificando como caso una institución que, ahora, al ser más inclusiva y permitir más la participación de entidades externas en la toma de decisiones, se vuelve más lenta y crea una necesidad de que más actores negocien entre ellos. En su afán de que más actores voten y sean considerados, la institución ha perdido poder de aplicación de las políticas públicas, se ha entorpecido y encarecido, porque los actores “jalan” en diferentes direcciones. Esta institución podría enfrentarse a un problema de gobernabilidad.

Y en el caso de los regidores, es verdad que podrán participar en el cabildo impulsados por diferentes planillas, pero si la mayoría pertenece al partido ganador, la toma de decisiones unilateral puede efectuarse de todas maneras. Además, ¿cuántos ciudadanos saben que existen los regidores?

La comunidad tiene un desencanto con la autoridad y la democracia debido a que percibe mucha corrupción. La gente se queja, pero no vota.

 

Johnny identifica la baja participación en las urnas como el principal problema que puede mandar al traste absolutamente todas las bondades de nuestro sistema mexicano y bajacaliforniano. Existe una sobreoferta y una sub-demanda de democracia: la gente pocas veces manifiesta su opinión en la manera convencionalmente efectiva, que es el voto. Esperemos que la abstención pueda ser revertida con esta nueva configuración.

Lo que si hay es mucha opinión y queja. Pero creo que la libertad de expresión, sagrada en todas sus concepciones, debe ser a toda costa defendida por medio de la difusión ágil de información confiable y el razonamiento, no del chisme urbano.

Es por eso que quiero concluir con algunas ideas, muy personales, sobre indicadores a considerar para hacer efectiva esta democracia aparentemente servida en charola de plata:

 

1. Quiero votar y recomiendo que todos votemos. Por quien hacerlo, cada uno tendrá sus razones, pero hay que hacerlo. La abstención al voto es un síntoma de que no estamos celebrando la democracia y no la creemos posible. Si es así, entonces no tenemos argumentos serios para quejarnos.

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2. Para escoger por quien votar, quiero informarme lo más que pueda y sugiero que lo hagan también ustedes. Hay que prender el detector de bullshit y tenerlo funcionando al 100%, sobre lo que digan los candidatos y sobre cualquier tema de la comunidad. Noam Chomsky, en uno de sus últimos documentales (disponible en Netflix), citó a Adam Smith para explicar cómo la adquisición de los servicios y productos en una libre economía debía ser informada, para llegar a una decisión racional. No es el caso la mayoría de las veces, las campañas se han convertido en mercadotecnia. A veces se limita el acceso a la información, para fomentar una decisión desinformada e irracional.

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3. No quiero votar por un candidato, ni por un partido. He madurado y me he dado cuenta que otorgar de personalidad una entidad abstracta como un partido o una figura fabricada como un candidato sesga la valoración de la oferta en lo global. Que sea hombre, mujer, natal, del partido en turno, profesionista, del pueblo o candidato independiente no lo/la convierte automáticamente en la mejor opción. Aplica lo mismo al partido. Frases trilladas como “todos son lo mismo (menos yo)”, “soy un candidato ciudadano” o “vengo de un partido con experiencia” son argumentos tan huecos como simplemente decir “tu no preguntes, no sabes de esto, nomás vota por mí y ya”. Desde luego esto no aplica si ya perteneces a un partido, porque tienes tus razones y está excelente. Y si un partido o un candidato cumple con los requisitos que como persona informada nos hemos fijado, para nada deberíamos descartar apoyarles.

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4. Algunos quieren votar según las propuestas y las ideas. Suena bien, pero yo quiero ir un poco más allá. Me interesan los proyectos y posibilidades estratégicas de llevarlos a cabo. Existe información disponible al respecto, al alcance de todos. Busca en las páginas de los candidatos, en los planes y programas públicos. ¿La ciudad y la comunidad van en la dirección que quieres? ¿Es sustentable? Muchas veces, lo que se necesita es habilidad para dar seguimiento a los buenos resultados y revertir los malos. Es simplemente absurdo pretender por parte de un candidato que se pueda encontrar el hilo negro y pueda renovar la manera en la que se hacen las cosas cada 3 años. Es verdad, es posible hacer cambios radicales, pero no de manera mesiánica. La comunidad tiene que dar el respaldo y en su conjunto tiene que ir por dicha transformación. Quiero participar en el diseño de la ciudad.

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Y bien, ¿qué opciones ofrecen metas realistas? Y de acuerdo a tus necesidades, o las que consideras que tiene la ciudad, ¿qué opción te parece que posee el diagnóstico más acertado de tu realidad?

Verano de elecciones en Baja California y a tres semanas de la celebración pública que representa salir a votar, es inevitable abordar el tema de alguna u otra forma.  Lo bueno, lo malo y lo feo de las elecciones se percibe de manera diferente por diferentes clases y sectores: una primera señal de que la democracia de la que se enorgullecen unos, o la que intentan vender otros, aun es muy imperfecta. Historia del país, del estado, las leyes, la cultura bajacaliforniana, la organización geopolítica del narcotráfico, la apatía, el renovado interés en la participación política, la actividad impulsora de los empresarios (para bien de la comunidad o personal) y otras cosas son todas muy, muy interesantes, aunque no a todos les guste discutirlas. Quizá el problema es mucho más profundo, incorporado a las raíces y la lógica misma del sistema electoral, no sólo en México.

Como vacunas y prescripciones, especialistas en el tema apuntan a la necesidad de sanciones y a la cultura del control, sobre los fondos, publicidad y registro de partidos. Algunos condenan la aparición de nuevos partidos por considerarlos innecesarios, inefectivos y un gasto adicional al país. Y aunque esto iría en contra de la noción de que entre más opciones existan mejor, todos percibimos que claramente que hay algo de razón en sus señalamientos. Aún siendo solamente dos partidos, que exista alternancia, incluso legítima, no siempre es ventajoso, pero puede otorgar nuevas oportunidades. La rendición de cuentas y la idea de ‘exigir a los gobernantes’ (o acción social, que es un modelo de cambio por conflicto) parece ser un consenso entre los ciudadanos, algunos gobernantes y algunos demagogos.

Hasta donde alcanzo a ver, la mayoría de los problemas que se prescriben y se intentan solucionar son síntomas de un padecer mucho más severo que desde luego comienza con la cultura. Sorprendentemente, el problema con el sistema electoral sin embargo, puede explicarse en simples términos matemáticos y estadísticos.

Para empezar, debemos entender que nuestro sistema tiene raíces en la República Romana, que nació de una civilización dirigida por reyes, evolucionó a una forma de gobierno equilibrada y abierta, pero que finalmente falló por conflictos internos, corrupción y monopolización de los puestos oficiales por unas pocas familias en un contexto donde la civilización se extendía por toda Grecia, Italia, Mesopotamia y el norte de África. Cuando la república falló, se instauró el Imperio Romano, llamado así no sólo como expansión territorial sino también, propiamente, como dictadura militar. Esta perspectiva histórica puede volvernos humildes, ya que si todos los sistemas están destinados a fallar internamente (perspectiva funcionalista del cambio social), restablecerse como un sistema más severo y luego volver a suavizarse poco a poco, entonces no somos muy diferentes a como éramos hace 2,200 años.

Pero ese ‘ciclo’ no es todavía la estadística de la que hablaba. Esto tiene que ver más sobre cómo funciona el sistema de escrutinio mayoritario uninominal, y en particular el sistema ‘el que gana se lleva todo’, o first-past-the-post voting system. CGPGrey explica los problemas del sistema de una manera muy amena. No hace falta saber inglés para seguir la idea general del video.

El first-past-the-post voting, por su nombre se explica solo. El objetivo del ganador es obtener la mayoría de votos, una mayoría relativa a sus adversarios. El razonamiento va más o menos así: Ésta es la manera en que se desarrolla la democracia, porque todos pueden votar y el que tenga más votos es el que gana. Cada persona solamente puede votar por un candidato. Y el que gana es el más aceptado para dirigir. El pueblo lo eligió, lo que implica que el pueblo gobierna. Por lo tanto, esto es democracia… not.

Primero: si la ceremonia del voto se configura de esta manera en un sistema de liberalismo económico donde todo se puede comprar, el objetivo principal (ganar la mayoría relativa de votos) corrompe inevitablemente a todos los participantes. Las campañas sucias, el desequilibrio en la exposición mediática de los candidatos, la compra de votos y muchas otras cosas difíciles de controlar, casi florecen de manera natural.

Segundo: el sistema, no importa con cuantos partidos haya comenzado, tiende eventualmente a la conformación de dos partidos, ya que las coaliciones se formarán para evitar perder el registro y “sumar esfuerzos”, lo que culmina en que los ciudadanos únicamente tengan dos opciones a elegir.

Tercero: si se busca que entre más opciones mejor, que es lo ideal, entonces poner en el sistema que sólo una persona vote por un candidato (en lugar de escribirlos en orden del que más les guste, por ejemplo) tiende a dividir a la gente, el voto y, al resulta naturalmente en un ganador con gobierno de la minoría. Esto puede desanimar a futuros participantes, ya que nunca estarán muy seguros de sus opciones. Y si acaso lo están, pero su candidato, según encuestas, tiene pocas posibilidades de ganar, entonces no tendrán mayor efecto en los resultados o quizá sucumban a la presión de efectuar un ‘voto útil’.

Cuarto: al final de cuentas es más importante cómo se cuentan los votos. En Estados Unidos, un voto individual en California cuenta menos que uno en Connecticut, por la diferencia en el número de población. México no sigue este sistema afortunadamente, pero el candidato ganador no es el preferido por la mayoría de la población. Esto hace más notorio el problema de los que no votan y de los que votan nulo. Estos votos simplemente no son tomados en cuenta para determinar al ganador. Un candidato con 15% de votos del padrón, si ese 15 es superior al de sus contrincantes, será el vencedor de todos modos.

Y quinto: los poderes establecidos conocen bien el sistema. Después de todo, la utilidad de los ‘terceros partidos’ de oposición es la de producir un efecto spoiler. Dividir el voto de la población inconforme en varios candidatos, aparentemente de oposición, quizá termina ayudando más al candidato favorecido por la elite. Ésta quizá concluya, incluso, que no está demás financiar a uno que otro partido alternativo. De todos modos siempre se puede contar con el mobilization bias, ¿no?

Sin embargo.

Reforma 2012.

En un panorama desalentador, se han propuesto alternativas. Una es la de single transfer voting, donde los votantes no escogen a un candidato, sino les asignan un número a todos en el orden en que les gustan. Así se eliminan los menos populares y quedan los más populares, o los menos odiados. Es el sistema utilizado en San Francisco. Pero incluso un sistema así tiene sus fallas. Por ejemplo, puede quedar alguien quien a la población le da igual si gana o no. Keith Devlin, matemático de Stanford, habla de los sistemas de votación convencionales y alternativos, pero también de sus inevitables implicaciones indeseables, más o menos a partir del minuto 50.

Incluso me divertí haciendo un experimento (asumiendo muchos datos inventados, espero algún día hacerlo con los reales), demostrando que hasta Gabriel Quadri pudo haber ganado en 2012 si se hubiera utilizado el sistema de approval voting, ya que parecía ser el candidato que a la población le daba más igual si ganaba o no (esto es lo que podemos suponer dada la fuerte división marcada entre la propuesta del PRI, la continuación del PAN y el proyecto de las izquierdas).

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Claramente hay una distorsión de la voluntad popular que ni siquiera tiene que explicarse con corrupción o intereses escondidos. Parece más una tendencia natural resultante de poner unas reglas de juego muy insensatas.

Hmm.

Pareciera que el creciente interés en la privatización de empresas públicas mexicanas se materializa como un eco que poco a poco va perdiendo intensidad, o más bien contenido, en los mensajes. Es indudable que se trata de un tema polémico, con argumentos tan poderosos tanto a favor como en contra, que van desde las predicciones económicas (buenas y malas) hasta la percepción del pueblo mexicano sobre las intenciones de sus gobernantes y el sector privado (nobles, cínicas, ingenuas o colmilludas). Sin embargo, es curioso observar que estos argumentos citen muy poca información sobre la perspectiva ecológica.

En los temas de sustentabilidad, se escucha con frecuencia un fuerte argumento a favor de privatizar recursos ‘de todos’ y está relacionado con la noción de la tragedia de los comunes. Esta tragedia consiste en un dilema, donde ‘el agotamiento de un recurso común, por individuos actuando racional e independientemente por interés propio, aunque está claro que esto sea en contra de los intereses del grupo a largo plazo’. La veracidad del concepto en sí ha peridido fuerza (o quizá lo han escondido bajo la alfombra), pero aun deja mucho de que hablar para el desarrollo sustentable.

Cuando Garret Hardin publicó su ensayo, a finales de los sesentas y donde explicaba su idea de la tragedia, puso como ejemplo a un grupo de pastores (individuos) que, dentro de un pastizal (recurso común) decide cada uno agregar más ganado para maximizar su beneficio personal, eventualmente sobreexplotando el pastizal. El asumió que los seres humanos no eran capaces de organizarse para cuidar los recursos comunes, que era justificable que cada pastor actuara de esa manera, incentivado por su deseo de obtener beneficios personales. Entonces, para remediar eso era necesaria la educación y una conciencia moral; aunque Hardin mismo creía que en la mayoría de los casos, la tragedia era inevitable. Consideraba las ideas fatalistas de Thomas Malthus  y se burlaba de Adam Smith, proponiendo que era necesario ‘exorcizar’ la vieja suposición de que existía una mano invisible que haría que, el interés de cada uno actuando individualmente siempre sería para el bien de todos.

Propuestas modernas para contrarrestar dicha tragedia son la acción personal, la unión de las comunidades o países con esos objetivos (gobierno interno) o la imposición de regulaciones a gran escala (gobierno externo). Pero dado que éstas requieren condiciones de gran organización, comunicación e incorruptibilidad, la más audaz, sin embargo, resulta ser dejar que esos recursos comunes dejen de ser comunes del todo, y pasen a ser una propiedad privada. De esta manera, en teoría, cada propietario se preocuparía por administrar el recurso sabiamente, ya que está en su interés personal evitar su agotamiento. Como si se tratara de comparar baños públicos donde nadie tiene responsabilidad de cuidarlos, con baños de una casa o un hotel.

Pero por audaz que suena en teoría la solución, está construida en algunas suposiciones correctas y otras incorrectas, a la vez que resulta en controvertidos diagnósticos de éxito y fracaso. La inevitabilidad de la tragedia, hasta lo que se ha visto actualmente, es falsa. Algunas comunidades han logrado administrar bien los recursos con su capacidad de organización y la comunicación entre los vecinos, totalmente soberanos de regulaciones burocráticas en su propio país. Sin embargo, es cierto que el individualismo en sociedades actuales tiende a enfatizarse y la educación tradicional sigue fomentando valores de competencia. Quizá a esto se debe que Hardin concluya que es algo inherente al ser humano.

Finalmente en los hechos, el éxito de la privatización de un recurso natural, actualmente, tiende a variar dependiendo del contexto, la naturaleza del recurso en sí y la disposición (¿moral?) de sus nuevos propietarios. Por ejemplo, el catch share implementado para administrar sustentablemente los recursos pesqueros en aguas nacionales de Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos con mecanismos de mercado libre, tuvo efectos positivos al reducir los precios de venta del pescado y maximizar la producción. Pero en muchos casos trajo consigo efectos negativos previstos, como desempleo, derechos privados (excluyendo a pescadores locales) y, por supuesto, monopolios (¿qué esperaban, si son negocios como siempre?). Algunos incluso expresan su escepticismo de que la privatización haya mejorado la situación del todo, con algunas proyecciones comparativas donde el agotamiento del recurso (la tragedia), sigue en el mismo curso de todos modos.

Ni con una ni con la otra, ¿qué es lo que está fallando, entonces?

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Así que Castro renunció.

Fidel Castro, al que ahora muchos ven como un tirano, dictador, fue hace cinco décadas el héroe más grande de Cuba. Liberó a la isla del imperialismo estadounidense bajo el régimen de Batista. Con la bandera comunista, encabezó la revolución cubana y le mostró al resto de latinoamérica que había esperanza y que, después de todo, América no era para los Americanos. Los pobres lo siguieron, los más beneficiados por la invasión de EUA lo odiaron y se encargaron de manchar su imagen y la del comunismo hasta que quedase impregnada en la mente del mundo de forma dogmática. A Castro no le importó, y aun después de un sinfin de ataques de la CIA (el más famoso Bahía de Cochinos en manos de Kennedy), Castro seguía en el poder. Hasta que no pudo más.

La Cuba pobre, la de los limitantes económicos, la que está peleada con la propiedad privada, la Cuba actual es producto de un embargo económico impuesto por Estados Unidos. Cuba nunca fue comunista, no buscó aislarse del mundo, sino seguir una política Leninista. Raúl Castro y el Che Guevara fueron grandes seguidores de Lenin y Trotsky y guiaron a Cuba a ser un gobierno para el pueblo, el proletariado.

Pero a EUA no le gustó que le quitaran su isla favorita, y aisló a Cuba del mundo. El orgullo de Castro lo ha llevado a mantenter ese embargo. Y EUA afirma que sólo quiere ayudar a Cuba, democratizarla, americanizarla en otras palabras. Claro, si quisiera ayudarla, ¿porqué mantener el embargo?

Ahora que renuncia Castro, no es un movimiento negativo, simplemente es algo que cambia a Cuba. El momentum de Castro terminó hace mucho, al igual que Porfirio Díaz, su imagen se deterioró poco a poco hasta terminar en lo que es hoy. De cualquier forma, habrá cambio. Para bien o para mal, de cualquier manera será para ambos, porque afectará a unos y beneficiará a otros.

“Condenadme, no importa, la Historia me absolverá.”