En el cielo de la Ciudad de México este verano se veía el fulgor de Tlaloc, sesgado tras las cenizas de un dios naciente: el temerario IMECA. Nuestra capital se erige sobre un suelo inestable, vacuo y movedizo. La urbe late al compás de la sedimentación y los antiguos amigos que alguna vez fueron paralelos hoy se encuentran en trayectorias contrarias: la ciudad de México es nuestra pequeña Pangea.

Allí uno encuentra lo mundano insurreccionarse contra el sentido eterno que llevan tatuadas las ruinas de la modernización, las cicatrices de la evangelización y  las sombras de mesoamérica. La rutina se transporta en serpientes de tierra. Esos feraces reptiles que perforan el tiempo y que con su místico esqueleto mecánico traducen nuestras vivencias en miradas y cabeceos. Dentro de estas bestias de tierra uno se gana la vida con el antiguo oficio del trueque y cuando se está dentro se traspasan el espacio y las clases; esclavos y tlatoanis respiran el mismo aire encerrado. Cuando uno asciende del subterráneo, se encuentra con la verdadera insurreción: la gente haciendo suyas las calles. Viven y desviven el escenario folcórico que ha cedido su otredad para llenarse del espíritu humano.

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A lo alto: el cerro del chapulín. Éste como muchos otros lugares de esta ciudad alberga artefactos en los que personajes de nuestro país dejaron su tacto impreso en sudor o sangre. Ella es toda un museo, con maravillas de la historia que guarda en pedestales y rincones. Algunos iluminados por el haz del recuerdo y otros en la penumbra del olvido. En las calles estrechas, amplias, sucias, limpias, oscuras, iluminadas y transitadas no faltan los taxis. El oficio de estos últimos es traducir el caos a lenguaje universal y entregarlo en mensaje encriptado. La traza humana intersecta la urbanidad de azul y rojo llenando las arterias de los automovilistas que con habilidad olímpica recorren la ciudad. El paseo lo hacemos oficialmente, es decir por la banqueta, o bien instintivamente: seguimos vectores que reverberan en las huellas de la costumbre.

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Al final los caminos convergen en la tierra donde se creo el tiempo. Una calzada que atraviesa una ciudad de piedra. El peso de lo eterno se vislumbra en un camino habitado por fantasmas del comercio ambulante. Recorremos el horizonte, el vertical y la hipotenusa correspondiente para llegar a la cima del titán. Al llegar arriba uno supera al dios IMECA y se siente un poco más cerca de Tlaloc. En la piel nos roza el humedo algodón de las nubes y el sigiloso suspiro del tiempo.

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“Según ella, los espacios respondían a las sensaciones humanas, y principalmente al sonido. La evolución del espacio es lenta, constante y continua. Tanto la ausencia como el exceso de sonido alteran a la evolución del espacio. La cicatriz que deja el humano sobre un espacio es permanente, de ahí que las pirámides no hayan cambiado pese a la ausencia relativa de ruido en su entorno.”

Lebbeus Woods propuso, en uno de sus textos, la idea la arquitectura como un sistema de energía. Tal sistema está expuesto a la interacción entre sí mismo y lo que lo rodea. Por tanto, tal sistema mantiene un flujo constante de energía, un intercambio. Pero por sí mismo no puede producir energía. Sin embargo, los usuarios, nosotros, le proporcionamos energía a este sistema por medio de nuestro movimiento, ruidos, y distintas acciones que se producen en una obra arquitectónica. Ahora bien, el sistema para expulsar la energía recibida evoca sensaciones en nosotros. La obra arquitectónica es entonces tan sólo un canal que traduce nuestra energía en sensaciones, emociones y sentimientos que percibimos al estar en presencia del sistema.

Entonces, podemos plantear a la arquitectura como vectores. Es decir, aunque tienen energía, y son manifestaciones -causa, de la energía, no pueden ser mensurados si no es por sus efectos. Inclusive podemos afirmar entonces que la arquitectura son los vectores de la sociedad. Cada piedra en una construcción necesito de energía cinética para elevarse a donde está en este momento, y una vez ahí mantiene una ardua pelea en contra de la gravedad, escondiendo así en sus adentros energía potencial.

Más aun, planteando a la arquitectura como un sistema de energía en sí, representado por una manifestación física -los materiales, implica que es cambiante -tanto en espacio como en el tiempo. Ahora imagina que debemos reformar las leyes para apropiarlas a este pensamiento. De pronto no podemos delimitar espacios porque los límites de la energía no son rígidos ni estáticos, sino son producto de una constante evolucion provocada por la interaccion de sistemas. Y si no, es preciso notar que los aspectos económicos de una sociedad afectan al flujo de energía. Es decir, ciertos negocios quiebran y dejan de ser frecuentados. Ante la falta de interacción energética entre la obra arquitectónica que albergaba tal negocio y el influjo energético de los usuarios, la obra decae, tanto física como emocionalmente. Los espacios menos frecuentados son diferentes a donde la muchedumbre se aglomera regularmente. Cambios suceden que van transformando a la ciudad, no en base a reglamentos estáticos, sino a una dinámica que si bien podemos enfocar, no podemos predecir. Los límites de propiedad serían, por lo tanto, analogos a la posición absoluta de un electrón.

A la mente me viene la ecuación de Schrodinger.

schrodinger

Y por supuesto, imágenes del Project Wien en Vienna, 2005 de Lebbeus Woods.

lebbeuswien